Freud y la liberación sexual

La mezcla inseparable de razón y deseo constituye al hombre. Y que se trata de una mezcla explosiva, altamente inestable. su control pertenece, por definición, a la razón, que a lo largo de la historia ha diseñado diversas estrategias de integración. El hedonismo constituye la negación de tal función rectora. En la práctica es muy fácil de seguir como postura intelectual, pero muy difícil de sostener. Ni siquiera el filósofo Epicuro se atrevió a llevarlo a sus últimas consecuencias.

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La llamada del placer bien puede reflejarse en el espejo de La Mujer en el Espejo, de Giovanni Bellini

Para llegar a la justificación racional del hedonismo hubo que esperar a Sigmund Freud. El psicoanálisis freudiano es el estudio de los elementos que integran el psiquismo. Supone una teoría general del comportamiento humano que se reduce a las tensiones entre el “principio del placer” (manifestación directa o indirecta del instinto sexual) y el “principio de realidad”, que constantemente se opone al placer. Lo que surgió como método de investigación y terapia de la neurosis, se transformó en teoría general, tanto del comportamiento, como de la misma naturaleza humana y sus más importantes manifestaciones. Se volvió una determinada antropología.

Freud distingue en la conducta humana un fondo inconsciente y una actividad consciente. En el inconsciente se encuentran las raíces de la actividad consciente. La pulsión natural del inconsciente actúa como energía sexual, buscando su satisfacción constante. El principal obstáculo que surge en su camino es el entorno familiar y social, la misma realidad. Mientras las tendencias o impulsos del fondo inconsciente fluyen libremente hasta el nivel consciente, la vida psíquica es normal. Pero, si encuentran resistencias en su emerger y son rechazados, se produce una alteración patológica. Esta represión significa la inversión del proceso natural. En eso consiste el desequilibrio psíquico. Para Freud, la personalidad del hombre, resultado siempre del proceso descrito, crecería sana si la satisfacción de los instintos fuera libre.

La evaluación de las ideas de Freud puso de manifiesto cierto trasfondo apriorístico y artificial del psicoanálisis. La investigación psicoanalítica encuentra lo que previamente ha decidido que debe encontrar. Con gran sinceridad lo declaró Freud a su discípulo Jung: “tenemos que hacer de la teoría sexual un dogma, una fortaleza inexpugnable” (Jung, Memorias).

Freud siente que hay algo desproporcionado en el lugar que ocupa la sexualidad en la naturaleza humana. algo que impide equipararla a las demás emociones o experiencias elementales como el comer y el dormir. Y por eso exactamente necesita una atención especial. Pero Freud, contra todo pronóstico, es partidario de la desatención, de conceder luz verde. La propuesta freudiana de una sexualidad tan libre como cualquier otro placer, la consideración de que el cuerpo y sus instintos son pacíficos y hermosos como el árbol y las flores, o bien es la descripción de un paraíso soñado, o la repetición con ropaje científico de una psicología superada desde los tiempos de Sócrates. Proclamar la conquista de un mundo feliz por la liberación de los instintos es ignorar su desorden latente. Una sensibilidad espontánea, liberada de lo racional, desemboca siempre en la degradación. Se sabe por experiencia históricamente.

También se sabe que una correcta antropología es siempre jerárquica: la razón está para llevar la batuta, lo mismo que los pies están para andar. Si la razón no domina sobre los sentidos, es dominada por ellos: un pacífico estado intermedio sería un pacifismo imposible. Sin embargo, las ideas de Freud han conquistado amplísimos sectores culturales y sociales. Las razones del éxito son múltiples. Ahora se sabe que las tesis fundamentales del psicoanálisis se apoyan sobre una dudosa base científica, pero Freud poseía ambición, talento literario e imaginación. Acuñaba neologismos y creaba lemas con facilidad y fortuna, hasta el punto de incorporar a su lengua palabras y expresiones nuevas: el inconsciente, el ego y el superego, el complejo de Edipo, la sublimación, la psicología profunda, etc.

En 1.900 había publicado La interpretación de los sueños, pero la fama le llegó mucho después. Durante la primera guerra mundial, la tensión acumulada en las trincheras provocaba frecuentes casos de perturbación mental. El llamado “trauma de la guerra” desequilibraba a soldados que eran personas normales y valientes. La terapia habitual era dura: drogas y descargas eléctricas. cuando se aumentaba la corriente, los hombres morían en el tratamiento o se suicidaban antes de continuar con él. Esta situación insostenible indujo al gobierno austríaco, en 1920, a organizar una comisión investigadora que solicitó la opinión de Freud. Y así le llegó su primera publicidad mundial.

Otra parte del éxito se debe a Einstein. Con la teoría de la relatividad parecía que nada era seguro en el movimiento del Universo. Y por un sorprendente contagio, la opinión pública empezó a pensar que no existían absolutos de ningún tipo, ni físicos ni morales. Un gigantesco error vino así a confundir la relatividad con el relativismo.

Mucho más importante fue el descubrimiento de Freud por parte de artistas e intelectuales. Del surrealismo, a pesar de sus orígenes independientes, podría pensarse que nació para expresar visualmente las ideas freudianas. Entre las dos guerras mundiales, Marcel Poust y James Joyce protagonizaron los primeros experimentos literarios de relativización del tiempo y de las normas morales. Así modificaban el centro de la gravedad de toda una visión milenaria de la vida. Suprimían la herencia clásica que confería al hombre una voluntad y una responsabilidad precisas. Ahora el hombre se diluía en un confuso montón de sensaciones, compatibles con todos los desequilibrios. Proust reconoce en sus personajes “el más grande de todos los vicios: la falta de voluntad que impide resistir a los malos hábitos”.

Años más tarde, en Contrapunto, Aldous Huxley sostenía las tesis de Nietzsche y Freud sobre la liberación sexual: “Abandónense los instintos a sí mismos y se verá que hacen muy poco daño. Entonces yo le aseguro que este mundo se parecería mucho más al reino de los cielos”. Huxley no busca el libertinaje sino la armonía del placer, como en su día planteó Epicuro. Pero no advierte que intentar un equilibrio intensamente sensualista supone un modelo antropológico  utópico.

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